Una mujer estaba sentada en el asiento del conductor con la puerta abierta para tomar aire. Cuando los vio acercarse, levantó la vista. Ricardo la reconoció inmediatamente. Era Carmen Herrera, la mamá de María.

Había envejecido. Estaba más delgada, pero era ella. Sus ojos se encontraron y Ricardo vio cómo se llenaban de lágrimas. Dios mío, susurró Carmen. Ricardo, abuela, ¿conoces al señor? Preguntó Sofía confundida. Carmen miró a su nieta, luego a Ricardo, y después cerró los ojos como si estuviera reuniendo fuerzas para lo que tenía que decir.
Sofía, mi niña, dijo con voz temblorosa, hay algo que necesitas saber, algo que he estado guardando durante años. Ricardo sintió que su corazón se detenía. Sofía lo miró con esos ojos que eran exactamente iguales a los de María, esperando una explicación que cambiaría todo. “¿Qué pasa, abuela? ¿Por qué lloras?”, preguntó Sofía acercándose a Carmen.
Carmen tomó las manos de su nieta y las apretó con fuerza. “Sofía, este señor, este señor es tu papá.” El silencio que siguió fue ensordecedor. Sofía miró a Ricardo con expresión de shock total, procesando palabras que no podía entender. Ricardo se quedó paralizado, confirmando lo que su corazón ya sabía, pero su mente se negaba a aceptar. “Mi papá”, susurró Sofía.
“Pero mi papá no está muerto.” Carmen negó con la cabeza, las lágrimas corriendo por sus mejillas. “Te mentí y mi niña. Te mentí para protegerte. Tu papá está vivo y está aquí. Ricardo se acercó lentamente a Sofía, que lo miraba con una mezcla de confusión, esperanza y miedo. ¿Eres realmente mi papá?, preguntó con una voz tan pequeña que apenas se escuchaba.
Creo que sí, respondió Ricardo, su voz completamente quebrada. Creo que eres mi hija. En ese momento, desde detrás de otro puesto, una mujer observaba la escena con lágrimas en los ojos. Llevaba una gorra que le cubría parte del rostro, pero había algo familiar en su postura, algo que si Ricardo hubiera volteado en ese momento, habría cambiado todo de manera aún más impactante.
Pero él solo tenía ojos para Sofía, la hija que no sabía que tenía, la niña que era el vivo retrato de la mujer que había amado más que a su propia vida. Una hora después, Ricardo estaba sentado en la mesa de la cocina más humilde que había visto en años.
La casa de Carmen era pequeña, con paredes que necesitaban pintura y muebles viejos, pero muy limpios. Sofía había preparado café en una cafetera antigua mientras Carmen buscaba una caja de zapatos llena de papeles. “Aquí están todos los documentos”, dijo Carmen poniendo la caja sobre la mesa.
“Certificado de nacimiento, reportes médicos, todo lo que necesitas para confirmar que Sofía es tu hija.” Ricardo tomó el certificado de nacimiento con manos temblorosas. Ahí estaba Sofía Herrera, nacida el 15 de marzo, hace 11 años. En el espacio del padre decía no registrado, pero las fechas encajaban perfectamente. Había nacido exactamente 9 meses después de la última vez que él y María habían estado juntos. ¿Por qué no pusieron mi nombre?, preguntó.
Porque María no quería que tuvieras obligaciones legales. Carmen explicó. Quería que si algún día aparecías fuera porque realmente querías estar ahí. Sofía se sentó junto a Ricardo, todavía mirándolo como si fuera algo mágico. De verdad eres millonario, como dice la gente. Ricardo sonrió.
Era la primera vez que sonreía genuinamente en años. Sí, tengo dinero, pero eso no es lo importante ahora. ¿Qué es lo importante? preguntó Sofía. Conocerte, recuperar el tiempo perdido, ser el papá que deberías haber tenido desde el principio. Carmen sacó más papeles de la caja. Ricardo, ¿hay algo más? ¿Algo que Sofía no sabe. ¿Qué cosa? Preguntó Sofía preocupada.
Carmen miró a Ricardo pidiendo permiso con los ojos. Él asintió. Tu mamá no está en una casa de cuidados especiales. Carmen dijo lentamente. Está aquí en la ciudad. Pero hay razones por las que no puede estar contigo. Ricardo sintió que se le paraba el corazón.
¿Qué razones? Cuando María despertó del coma, no recordaba nada, pero poco a poco comenzó a recuperar algunos recuerdos. Recordó a Sofía, me recordó a mí, pero no te recordaba a ti. Los doctores dijeron que era selectivo, que su mente había bloqueado los recuerdos dolorosos. Los recuerdos dolorosos. Ricardo preguntó, aunque sabía la respuesta. El divorcio, las peleas, la manera como terminaron las cosas.
Ricardo se sintió como si le hubieran dado una puñalada. Entonces, ¿no quiere verme. No es que no quiera, Carmen aclaró, es que no puede. Cada vez que alguien menciona tu nombre, le dan ataques de pánico. Los doctores dicen que su mente asocia tu recuerdo con trauma. Sofía tomó la mano de Ricardo. ¿Por qué mi mamá tiene miedo de ti? Ricardo cerró los ojos recordando los últimos días de su matrimonio, las peleas terribles, las acusaciones, las cosas hirientes que se habían dicho.
Había sido cruel con María, frío, distante. Ahora entendía por qué su mente había bloqueado esos recuerdos. “Porque no fui un buen esposo, admitió, porque la lastimé mucho.” “¿Pero ahora eres diferente?”, preguntó Sofía. Ricardo la miró. Sus ojos eran los mismos de María, pero había algo diferente en ellos.
